Relato sincero de una aventura en moto: desafíos y anécdotas memorables

Llegó la hora de
sentarse y escribir. De contar lo bonito y lo feo de ese viaje en moto en
solitario por tierras ibéricas. Espero que las próximas líneas te resulten
entretenidas y disfrutes de la lectura poco políticamente correcta y de los
sucesivos capítulos de esta moto aventura.

No voy a poner fechas
porque al fin y al cabo considero que son datos irrelevantes. Simplemente llegó
el día y, tenía unos sentimientos contrapuestos merecedores de la consulta de
un psicoanalista y un diván. Había llegado el momento y, una parte de mi estaba
eufórica de alegría y, otra parte quería arrastrarme a perder el dinero de un
billete, de unas reservas y de un sueño con la oferta de disfrutar de mi casa,
de mi hogar. Que cómoda y a la vez cabrona puede llegar a ser nuestra zona de
confort.

El barco que me
llevaría a Huelva no estaba mal. Un minicrucero a lo low-cost, del que desee
bajarme a las 8 horas de travesía; pero por el aburrimiento de ir solo más que
por el barco en sí. Lo que sí eché en falta en las 30 y pico horas de navío fue
una ducha. Terminé viendo pelis en la tablet, yendo al self-service o durmiendo
en el sofá VIP como un playmobil, ya sabes… los brazos bien pegaditos al cuerpo
y nunca hacer la gaviota.

La llegada a Huelva
fue muy a mi estilo. Me perdí para no variar por no hacer caso al GPS pero
es que me quería mandar por una zona industrial solitaria… y sí, tuve que
parar, dar la vuelta y hacerle caso. Estaba tan perdido y se hacía de noche que
me pareció mejor no llevarle la contraria. Pero esa no fue la gran anécdota del
día cero. Me es imposible no escribirlo sin reírme al recordarlo; por fin
llegué al hostal. El señor que me atendió salió a explicarme la ubicación del
garaje que había contratado. Andamos hasta la primera perpendicular y desde
allí me indicó la puerta gris que era. La calle era dirección contraria, pero me
propuso pasarme el código de circulación por el forro del escroto y que
accediera hasta allí en dirección prohibida. Le pregunté mejor el camino legal
a lo que tendría que hacer un cuadrado desde la siguiente perpendicular girando
siempre a la derecha, no era complicado. Allá vamos… En la esquina desde donde
me hizo las indicaciones había un supermercado, me valdría de referencia.

Semáforo, derecha,
llegar al fondo de la calle, derecha y otra vez derecha y -¡anda el
supermercado!-. Me he pasado el garaje… toca dar otra vuelta.

Semáforo, derecha,
llego al fondo de la calle, derecha, otra vez derecha, policía local (menos mal
que no le hice caso con lo de coger por dirección prohibida), y puerta gris…

-Vaya, está abierta…-.
entro y, al fondo tal como me indicó aparco entre la plaza 13 y la 16.

Por fin voy a darme
una merecida ducha. Descargo la moto, le pongo el candado en el disco del
sistema de frenado, alarma, y me voy cargado como una mula por todo el pasillo
recto del garaje hasta la calle. Mientras voy pensando la lata que va a ser
cargar y descargar la moto todos los días y también que las plazas de
aparcamiento del hostal podían estar más cerca de la entrada y no al fondo del
garaje pero bueno… ¡por fin en la calle! recorro 5 metros, quizás más y me paro.

– Espera.

Otra puerta gris
cerrada… el supermercado… le doy al botón del mando y se enciende la luz
naranja de la puerta que indica que se está abriendo la puerta…

– Mierda mierda y más
mierda. ¡Acabo de meter la moto en un garaje que no es el mío!. -¡Joder porque
me pasa esto a mí…!

Corro como alma que
lleva el diablo antes de que se cierre la puerta del garaje erróneo, llego al
fondo donde tengo a Buri aparcada a saber en la propiedad de quién y…

– Joder, joder las
llaves del candado donde las he puesto…

Vuelvo a cargar la
moto sin cerrar ni las maletas, y miro de reojo la puerta.

– ¡Por favor no te
cierres, dame un minuto!-. Ya solo faltaba quedarme encerrado en un garaje
equivocado… No se cómo salí de allí sin dejarme nada por detrás. Le doy al mando,
abro el garaje correcto y siento un subidón de superación que ya podría darme
vergüenza… menudo mérito el mío. Debía tener la tensión por las nubes del
susto. Ahora si que necesitaba una ducha, estaba bañado en sudor.

Ahora me descojono
pero en aquel momento quería llorar y que la tierra me tragara hasta su núcleo.

Demasiado épico
empezaba todo esto…

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Mi nombre es Matías. Nací un 24 de abril de 1982 en Santa Cruz de La Palma. Después de recorrer algunos rincones de la península ibérica y, regresar otra temporada, a la isla que me vio nacer, tiré el ancla en la isla de Tenerife donde resido actualmente.

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